Érase una vez que se era…
...una princesa vallecana de un joven príncipe bailarín perdidamente enamorada. Un día soleado (de estos en los que el estómago te pide un helado), y para sorpresa del Rey Padre y de la Reina Madre, llamó a las puertas del palacio (dirección, Pablo Neruda) el joven valeroso (llamémosle Sergi El Danzante, de ahora en adelante).
Subió raudo los 7 pisos que conducían al trono de la joven heredera, más no mostró cansancio ni se lo pensó mejor, sino que llegó exhausto pero con autodeterminación. Viose rodeado de tan numerosa corte (pues la princesa era de amplia familia, y allí estaban todos esperándole), el príncipe, sin un ápice de indecisión, se arrodilló, le bailó una jota, un poco de krump y alguna que otra pirueta, y la prometió por sus zapatillas de deporte y por su honor que la haría reina de todo Famindón (que por aquel entonces era un reino próspero y feliz).
Y la prometió bailes, muchos bailes, y perdices para comer, cocinadas que da gusto (carallo!) por uno de sus mejores lacayos (llamemos Rafa al cocinero, El Que Cocina Con Esmero), y cordero segoviano. Y la princesa puso el grito en el cielo. Desvalida cual joven cervatilla (pues aún iba en pijama y zapatillas) y sintiéndose desfallecer, se puso los brazos en jarras y exclamó sin un ápice de tiempo perder: “¡No por dioh, que estoy a dieta!”.
Como la princesa, aunque bella y talentosa (y no por ello menos primorosa) no disponía de una cuenta corriente inflada (y es que casi todo lo ahorrado su ladronzuela hada se lo había llevado), el príncipe Sergi la prometió un gran almuerzo en la mejor taberna de Famindón, donde va la gente VIP, pero también las chicas del montón, para degustar las mejores hamburguesas a un rublo de todo el condado, sin tener que pedir de postre siempre helado.
Y la princesa (que ya se estaba relamiendo de tan afortunada comilona) aceptó al príncipe Danzante, pero no sin organizar un gran festín de boda antes. Y tras el feliz casamiento, y cuando la envidia de las jóvenes casaderas se las hubo llevado el viento, los felices enamorados un chalet en Alcorcón se compraron (y de muebles de Ikea lo amueblaron). Y hubo Sergis pequeñitos y danzantes sin igual, y pequeñas Silvitas que a los leprosos del reino curaban sin dudar. Y vivieron felices, pero no comieron perdices, sino menús precocinados, que salen mucho mejor apañados.
Y colorín colorado…
Subió raudo los 7 pisos que conducían al trono de la joven heredera, más no mostró cansancio ni se lo pensó mejor, sino que llegó exhausto pero con autodeterminación. Viose rodeado de tan numerosa corte (pues la princesa era de amplia familia, y allí estaban todos esperándole), el príncipe, sin un ápice de indecisión, se arrodilló, le bailó una jota, un poco de krump y alguna que otra pirueta, y la prometió por sus zapatillas de deporte y por su honor que la haría reina de todo Famindón (que por aquel entonces era un reino próspero y feliz).
Y la prometió bailes, muchos bailes, y perdices para comer, cocinadas que da gusto (carallo!) por uno de sus mejores lacayos (llamemos Rafa al cocinero, El Que Cocina Con Esmero), y cordero segoviano. Y la princesa puso el grito en el cielo. Desvalida cual joven cervatilla (pues aún iba en pijama y zapatillas) y sintiéndose desfallecer, se puso los brazos en jarras y exclamó sin un ápice de tiempo perder: “¡No por dioh, que estoy a dieta!”.
Como la princesa, aunque bella y talentosa (y no por ello menos primorosa) no disponía de una cuenta corriente inflada (y es que casi todo lo ahorrado su ladronzuela hada se lo había llevado), el príncipe Sergi la prometió un gran almuerzo en la mejor taberna de Famindón, donde va la gente VIP, pero también las chicas del montón, para degustar las mejores hamburguesas a un rublo de todo el condado, sin tener que pedir de postre siempre helado.
Y la princesa (que ya se estaba relamiendo de tan afortunada comilona) aceptó al príncipe Danzante, pero no sin organizar un gran festín de boda antes. Y tras el feliz casamiento, y cuando la envidia de las jóvenes casaderas se las hubo llevado el viento, los felices enamorados un chalet en Alcorcón se compraron (y de muebles de Ikea lo amueblaron). Y hubo Sergis pequeñitos y danzantes sin igual, y pequeñas Silvitas que a los leprosos del reino curaban sin dudar. Y vivieron felices, pero no comieron perdices, sino menús precocinados, que salen mucho mejor apañados.
Y colorín colorado…
... yo se de una que se ha descoyuntado =P

5 curiosos han entrado a mi blog:
jajajajjajajajjajaja
me repito me encantaaaaaaa
dios descoyuntarse es poco, ayer me parti en 4 cachos mas o menos juntables con pegamento imedio pero lo de hoy creo q es irreconstruible ejejjeje tendre que echar mano del pegamento especial q uso yo cuando mi sergi tiene una salida de hombros (cosa poco habitual pero cuando las hay las hay morrocotudas)
muchas gracias por ese cuento tan potito que llegara a ser best-seller (obvio la duda ofende) y yo encantada ire a firmar a los fans (mi chico aun no puede porq esta comprometido con los de cuatro......)
quedan todoz uztedez invitaoz al bodorrio del ziglo!!
Adviértase que los príncipes son muy inoportunos, y nunca llegan cuando estas recién peiná y con la corona puesta, sino cuando andas aún en pijama y zapatillas... =P
Pero mi estilismo nocturno no tiene nada que envidiar a un traje de noche de armani.....que soy una princesa leches
Es cierto, tus pijamas de princesa vallecana son la envidia de las jovenes casaderas del reino. Y da gracias que no te hice una versión a lo Rapunzel, que luego ibas a tener unos pelos que ni recién levantada... por muy princesa pijamera que seas.
Perdon k es esto y la hermana de la tal princesa esta no sale o k? ¬¬¬¬¬
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