Llevaba los zapatos de tacón en una mano mientras con la otra se protegía de los primeros rayos de sol de la mañana. Miraba al horizonte, donde el naranja del cielo se unía a los desgastados tejados. Caminaba despacio, disfrutando del amanecer, mientras en su cabeza resonaban las canciones que la habían hecho bailar toda la noche. Aún quedaba alguna estrella en el firmamento, y confeti alrededor del cuello que la hacían sonreír cuando recordaba a cuanta gente había saludado esa noche, a todos los que había deseado una Feliz Navidad, a todos los que había invitado a alguna copa. Pasó cerca de ella un madrugador, barra de pan y periódico bajo el brazo. El único en una calle totalmente desierta. Sintió el frío aire de Diciembre, y con el siguiente escalofrío se hundió más en su abrigo y apresuró el paso. En casa le esperaba su cama, calentita y blanda. Dejaba escapar vocanadas de aire frío mientras resistía la tentación de mirar atrás y volver a unirse a los gritos y la festividad. Cuando llegó, todo el mundo estaba durmiendo, y la casa se hallaba sumida en la oscuridad y el silencio. Cerró tras de sí la puerta, con cuidado de no despertar a nadie, y dejó los zapatos al pie de la escalera. Se quitó el vestido, cogió su pijama y se desmaquilló casi sin ganas, con el cansancio acumulado en el cuerpo. Se metió entre las sábanas, pero muy lejos de conciliar el sueño, volvían a su cabeza los sonidos de una noche mágica, rodeada de gente, de risas y de música. Sólo quedaba ante ella la perspectiva de un largo y reparador descanso, y la triste relidad del fin de unos días llenos de felicidad y luces de colores...